No al camino al socialismo

Chile
ya inició la senda al socialismo, sin clara definición que corre el
riesgo de ser liderado por un sector minoritario e intenso del arco
izquierdista, donde predominan ideas populistas de corte antisistema.
Ese sector es muy distinto al socialismo democrático, el cual reconoce y
alienta la libertad de los mercados para financiar a un Estado
benefactor de bienes y servicios. El mundo mira atónito al país de
América Latina que había alcanzado los mejores niveles de desarrollo
humano según los indicadores de Naciones Unidas, desconocer el gran
avance de sus últimas cuatro décadas para girar en 180 grados hacia la
vía al socialismo, que tanto dolor ha infligido a la humanidad.

Claramente
que existen responsables. Primero, una centroizquierda (ex
Concertación) autoflagelante respecto de la obra modernizadora de sus
gobiernos. Segundo, con palabras de Valentina Verbal, una “derecha
perdida” que abandonó sus propias banderas (si es que las tuvo) y quiso
vestirse con ideas ajenas. De esta manera, la centroderecha y
centroizquierda fueron obnubilándose con el poder y un incestuoso
concubinato con el poder económico. Asimismo, los partidos políticos
dejaron de intermediar entre la ciudadanía y las instituciones del
Estado. Finalmente, los conceptos de nepotismo y prebendas terminaron
por imponerse a las convicciones de servicio público, bien común,
defensa de la libertad, perfeccionamiento de los mercados para favorecer
la competencia, como también hacerse cargo de forma categórica de las
mejoras y desafíos pendientes, particularmente en el ámbito social.

Recuerdo
una etapa de mi vida como académico, cuando dictaba la cátedra de
Desarrollo Económico a estudiantes de último año de Ingeniería
Comercial. En ese tiempo nadie reparaba mayormente en el módulo de
desigualdad. En esos años advertía que nuestro progreso era inminente y
que la desigualdad tendía a disminuir, aunque débilmente en razón al
crecimiento económico y acumulación de capital de los más ricos. Por
tanto, era necesario no descuidarse e intensificar esfuerzos, porque de
no hacerlo es germen de conflictos sociales, violencia… caldo de cultivo
para que una izquierda radical o populista aproveche la oportunidad.
Hoy el discurso de los políticos no es que estemos mejor, sino que
seamos iguales, aunque nos lleve a estar peor.

El
peor error de la derecha e izquierda democráticas es atrincherarse. Lo
que está en juego es nuestra libertad, nuestra libertad de elegir y de
desarrollar nuestro propio proyecto de vida. La izquierda democrática
debe renovar y reemplazar sus liderazgos. No debe correrse hacia la
izquierda radical frenteamplista y comunista pensando en cosechar alguna
cuota de poder, porque serán fagocitados. La derecha debe también
renovar y reemplazar sus cúpulas para que surjan nuevos liderazgos.
Asimismo, no claudicar en la defensa de la democracia liberal que se
fundamenta en la autonomía humana, creando oportunidades para
desarrollar los proyectos de vida de las personas. Ambos sectores,
izquierda y derecha democráticas, deben sin ambigüedades rechazar el
camino de la izquierda radical que nos quiere sumergir en un colectivo
tutelado por el Estado, esquilmando las distintas identidades inherentes
a los seres humanos. Tenemos el deber moral de decirlo e indicar el
camino hacia la expansión de nuestras capacidades y ejercicio de nuestra
libertad, que cimentan mayores niveles de prosperidad y felicidad en la
sociedad.

La
receta: nuevos liderazgos bajo un ideario, comprometidos con el país y
su gente, con real trabajo en terreno. El 60% del país aún nos espera.

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