De niño, siempre miraba a
mi padre y lo veía como un gigante. Cuando tomaba su mano lo miraba
hacia arriba y no podía creer lo grande que era. Hoy, después de que se
nos adelantó, puedo decir con la más profunda convicción que mi padre
era efectivamente un gigante, pero no por su altura física, sino por su
historia.
Mi
padre siempre se preguntó ¿Cómo pude, siendo poco agraciado, enamorar a
una mujer tan hermosa como tu madre?, y la única explicación que puedo
dar hoy es que los gigantes son capaces de lograr cosas imposibles como
esa.
Mi padre
no conoció a su padre hasta los 35 años, por una coincidencia en una
plaza en la ciudad de Puerto Montt, momento en el que su tía materna los
presenta. Esa fue la única vez que lo vio, ya que la persona que formó y
crió a mi padre fue mi abuela Nena. Sin tener una imagen paterna, mi
viejo fue un padre amoroso, preocupado y responsable con su familia e
hijos, un autodidacta del amor paternal, un gigante. Sin tener un
mentor, mi padre fue capaz de entregarme conceptos de vida y bases
morales imborrables. Siempre me decía “hijo, lucha siempre por mayor
justicia social”, “respeta a los (as) trabajadores” y “debes ser un buen
ciudadano”, conceptos que intento poner en práctica todos los días, y
transmitirlos a mis hijos, tal como lo hizo el gigante José Antonio, mi
padre. Sin tener una imagen paterna, mi padre fue capaz de transformar
una vivienda social de 42 metros cuadrados, en un hogar gigante y
hermoso, donde pudimos hacer familia su señora, su cuñado, sus hijos,
sus nietos, su bisnieta y cientos de parejas que se preparaban para el
matrimonio, para el bautizo de sus hijos (as), y las comunidades donde
entrego su servicio como diácono.
A
propósito de eso, mi padre fue el típico adulto de esa época, bueno
para el carrete, la bohemia y todo lo que ello implica, y desde ese
punto, es capaz de dar un giro en 360 grados a su vida, y comienza un
trabajo voluntario junto a mi madre en la iglesia católica, que lo lleva
a tomar la decisión de estudiar teología, logrando el año 2008
ordenarse como diácono, y cumplir una labor hermosa, la que pude
comprobar con las cientos de personas que lo fueron a despedir a la
comunidad de Cristo Redentor y luego en la Iglesia Don Bosco.
Mi
padre fue capaz de sobrevivir a una ulcera gástrica que lo tuvo al
borde de la muerte antes de cumplir 40 años, de tres infartos en un día,
a sus 50 años y de una serie de operaciones de alta complejidad,
soportando todo eso solo con la fortaleza de un gigante. Pero hasta los
gigantes pierden batallas, y la única forma de derribar a un gigante fue
que se juntaran muchas enfermedades.
De profesión contador, en la vida… constructor de una historia gigante de amor. Te admiro y te quiero papá… hasta pronto.