El Instituto Nacional de la Juventud – Injuv – realizó un sondeo sobre corresponsabilidad parental, encuesta que se hizo vía telefónica a hombres y mujeres, entre 15 y 29 años, correspondientes a 109 comunas del país. Este sondeo reveló que, en promedio, los jóvenes en Chile quieren convertirse en madres o padres a los 29 años de edad.
De los encuestados, el 32% son padres, mientras que el 48,5% se proyecta a serlo en el futuro. No obstante, el 52,1% de los consultados señaló estar de acuerdo en priorizar su desarrollo como profesionales antes de tener hijos. Esto me lleva de inmediato a pensar en que hoy en día, hay una cuestión que ronda la mente de muchas mujeres y es cómo compaginar una vida laboral y una vida llena de experiencias con ser madre. En ocasiones, el reloj biológico parece jugar en contra de este deseo de disfrutar la vida y crecer profesionalmente. Entonces, ¿cuándo es el momento ideal para dar ese paso?Es difícil señalar cuando es la mejor etapa para ser primeriza en relación al contexto social. Sin embargo, los científicos de un estudio sugieren que lo ideal es esperar hasta los 30 años, ya que además, podrían tener más probabilidades de vivir más tiempo que las que lo tienen antes. Y a nivel mundial es cada vez más común, por ejemplo en países como Reino Unido más del 50% de los bebés que nacen son de mujeres de más de 30 años.
Siguiendo con los resultados del sondeo el 87,4% aseguró estar de acuerdo con que “una mujer es independiente teniendo un trabajo remunerado”, mientras que el 80% de los jóvenes sostiene que no hay diferencias entre las tareas hogareñas que realizan mujeres y hombres. Sin embargo, 9 de cada 10 consultados están de acuerdo con que “la mujer o madre suele llevarse más responsabilidades”, pese a que exista una separación de las tareas en la crianza. Y esto último es una realidad, no por nada se dice que las mujeres que trabajamos tenemos un doble trabajo, lo cual es lamentable, pero hay que ocuparse por cambiar esta realidad, ya que está demostrado, por múltiples estudios, la imperiosa necesidad que tienen los hijos del real cuidado del padre, más allá de su aporte financiero, ya que afianzan la personalidad, dan seguridad, constituyen un patrón de conducta y cubren las necesidades afectivas que no puede darle una madre.
Sabemos que cuando un padre participa con una presencia comprometida y de calidad en el cuidado y crianza de sus hijos e hijas, hace una diferencia en su desarrollo psicosocial, mejorando indicadores académicos, socioafectivos, de autoestima y salud mental. Y de forma positiva podemos ver que el 73% de los encuestados indica que están de acuerdo con que “El compartir la responsabilidad de ser padres entre hombres y mujeres es hoy día un tema presente en la familia chilena”, lo que nos da la esperanza de que las próximas generaciones lo tengan internalizado desde la cuna.