Una
de las principales demandas ciudadanas que desataron el estallido
social el 18 de octubre pasado fue la renovación en la política. Y lo
ocurrido en la reciente votación de 132 votos a favor, 14 en contra y
seis abstenciones en la Cámara de Diputados es una muy buena respuesta a
aquello, porque fueron los propios congresistas quienes dijeron no a 13
senadores, 37 diputados y más de 50 alcaldes. Hay que tener claro que
el nivel de deterioro y de personalización de la política ha alcanzado
niveles intolerables. Llega a ser vergonzoso que haya parlamentarios que
van a enterar más de 15 años y que quieran seguir eternizándose en el
poder. Por eso es muy buena la respuesta que dieron los diputados.
Porque se escuchó una necesidad de la gente. El Congreso necesita que
entren aires frescos. Porque de lo contrario se privilegia el
clientelismo y la corrupción en la política. Hubo partidos como el PPD y
el PS que han impulsado tantas veces el escuchar a la gente que a la
hora de los quiúbos al parecer se olvidaron. Porque precisamente ese
principio ciudadano fue puesto en el programa y en los estatutos del
PPD, y fue contradicho por seis de los ocho senadores a la hora de votar
por la retroactividad varios se abstuvieron. Ese mismo análisis se
puede hacer para el Partido Socialista y para algunos diputados de la
UDI. Quizás ellos son los que tuvieron los oídos tapados los días
posteriores al estallido social. Lamentable. Es muy bueno lo ocurrido,
porque el límite permite que esa persona que vivió 16 años de las
grageas nuestras en la burbuja del poder vuelva a su oficio o a su
profesión y vuelva a ser un ciudadano de a pie, como cualquiera de
nosotros, viviendo los problemas de los ciudadanos de a pie. Si se
eterniza una persona en el poder llega a una superioridad muy grande por
sobre las demás personas. Esos senadores que pretendieron quedarse por
varias décadas en el poder no tienen conciencia de la necesidad de
recambio, de renovación, de profundización de la democracia.