Siguiendo la posición del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, el Solsticio de Verano representa un momento en que lo promisorio se manifiesta con generosidad en los espíritus que, pródigamente, expresan sus manifestaciones deseosas hacia el prójimo, en un ambiente en que debiera imponerse la paz y la reciprocidad. Lo que la Masonería celebra en esta circunstancial ocasión de carácter universal, no es una reminiscencia de un rito ancestral de adoración solar, sino que celebra la existencia de un sistema universal, armónico, en equilibrio, de un mecanismos múltiple y complejo de todo lo que, en nuestra limitación como seres humanos, decimos “Universo”- “Tierra”- “Hombre”. Inserto dentro de un concepto de ciclo eterno, el Solsticio de Verano es parte culminante de un continuo entre la noche temprana y el imperio del día más largo, suceso que se repite desde el pasado remoto y hacia el infinito incógnito, como resultado de movimientos que despliega el Universo y nuestro sistema solar. Somos los únicos y mudos testigos de un suceso astronómico que pasa frecuentemente ignorado ante nuestros ojos, con una bivalencia tal que permite a una misma hora en nuestro planeta, la presencia del día (un hemisferio) y la noche (otro hemisferio). La coexistencia cíclica del fenómeno del día y de la noche, la presencia simultánea del invierno y del verano, ambos con sus características telúricas, en este pequeño vehículo que es la Tierra y en donde todo es luz y sombra, parece indicarnos que la muerte es la semilla de la vida y que la vida es la madre de la muerte. G. Macchiavello se preguntaba ¿la conciencia del hombre tiene también noche y día? ¿Sería mucho imaginar que, sobre la ruina de la conciencia de una generación, la siguiente debe erigirse como una conciencia superior, evolucionada? Esto, sin olvidar que las conciencias se integran con valores y principios que debieran rescatar la noble esencia de la condición humana y su correspondiente dignidad. La aparente detención del orbitar terrestre alrededor del sol en este verano, implica el obligado y secular retorno secular a la expresión fría y oscura del ciclo para, una vez logrado, reiniciar la voluntad de la naturaleza por más y mejor condición para la vida, y no sólo la humana. De esta manera e inserto como está en la naturaleza universal J. Araya Vergara nos enseña que “ser humano es estar en un proceso permanente de devenir, de inventarnos y reinventarnos dentro de una deriva histórica. En definitiva, somos un espacio abierto, apuntando al futuro”.
En momentos en que, como sociedad chilena, fragmento de un conjunto amplio y diverso de complejas opciones y ambiciones planetarias, estamos en un punto aparentemente ciego que no deja vislumbrar con claridad el inicio o el término de un ciclo, resulta pertinente detener, en el sentido de Solsticio, nuestras lógicas, razonables y válidas esperanzas para que la formidable luz del Solsticio de Verano reduzca las sombras y nos permita ver los principios positivos, de creación, de belleza y de progreso, que deriven hacia la construcción de un ciclo más valioso que el anterior.