La mayoría de los padres y apoderados incurre en un tremendo error a la hora de orientar a los jóvenes respecto de qué hacer con su futuro. Y ahí surgen los problemas cuando se plantea qué estudiar. La decisión es difícil, pero se acrecienta aún más cuando las expectativas familiares son demasiado altas y no hay un buen diálogo. Las complejidades de esta determinación pueden transformarse en una oportunidad si se consideran todas las alternativas y se hace un análisis de factores, como las capacidades e intereses, la empleabilidad, el ingreso promedio y el campo laboral. Desde hace un par de décadas que surge una gran alternativa: la formación técnico-profesional, la que no solo tiene una amplia oferta en el mercado, sino también una demanda creciente de matrícula que aumentó 43,8% entre los años 2013 y 2017. Por eso, a la hora de decidir, hay que analizar muy bien, porque esta formación sigue siendo la opción más eficiente de obtener un título, a través de carreras de alta demanda en áreas productivas clave para la economía. A esto hay que sumar la permanente necesidad de nuevos especialistas, sueldos muchas veces superiores a los de una carrera universitaria, aranceles accesibles con múltiples formas de financiamiento, además de acreditaciones rigurosas y específicas para los centros de formación técnica, que aseguran la actualización de sus planes de estudios.