Hoy
hay tres fenómenos delictuales que se han tomado el país: el
vandalismo, la delincuencia y el terrorismo. Y que en medio de la
pandemia se han ido incrementando. Los ilícitos están llegando a tal
extremo que ya nadie está libre de ser víctima de algún delito. En
nuestra zona ya nos estamos acostumbrando a hechos que antes no ocurrían
y que nuestros adultos mayores se atreven a decir que casi eran
inexistentes; por ejemplo,
el tráfico de drogas. La mayor sorpresa para muchos es que en estos
actos delictuales hay menores que no son imputables ante la justicia por
los delitos cometidos y que actúan con el máximo de frialdad y
precisión en estos atracos. Los estudios revelan que la mayoría de los
delincuentes que roban, asaltan personas, casas habitadas o
deshabitadas, lo hacen por la necesidad de obtener recursos económicos
para adquirir drogas para su consumo habitual, pero también las
estadísticas informan que muchos niños y jóvenes delinquen por
acostumbramiento de experiencias adquiridas de sus propios progenitores,
que han hecho de sus vidas una escuela del delito, y así se van
transmitiendo estos conocimientos y habilidades delictuales de
generación en generación. En Magallanes hemos visto incluso cómo algunos
delincuentes mayores de edad vienen delinquiendo desde que eran niños.
Desde hace casi una década en Punta Arenas la intranquilidad nocturna se
ha apoderado de la población. Hoy la ciudadanía espera, y con justa
razón, que algún día haya más tranquilidad en las calles y plazas de
nuestra hermosa ciudad. Hay que implementar planes y estrategias
eficientes que permitan disminuir esta guerra desatada que estamos
presenciando a diario y que no nos permite vivir tranquilos. En
Magallanes tenemos delincuencia, incluso asociada al
tráfico de drogas. El vandalismo se instaló también con el estallido
social, solo hay que ver cómo aún está el centro de Punta Arenas. Y el
terrorismo, que está instalado en la Región de La Araucanía, menos mal
que aún no llega a nuestra zona.