Un futuro, pero por sobre todo un presente

¡Cuánto hemos avanzado
en materia de niñez y adolescencia! Esto que puede leerse como
manifiesta vehemencia, no deja de ser una verdad de la cual todos
deberíamos sentirnos orgullosos. No, no lo digo desde el palco invisible
de una autoridad que trata de posicionar la gestión de su institución,
sino desde los recuerdos de un niño que hace poco más de 50 años aun
corría por las calles de Punta Arenas.

Es
que si miramos más allá de la nostalgia que nos produce remembrar el
sabor de los confites de antaño, el difuso parpadeo de nuestro programa
favorito en la única Zenith a tubos de la casa y –por supuesto– nuestra
capacidad de entretenernos por horas sin necesidad de virales e
influencers, encontraremos un Chile completamente distinto al de hoy.
Hace más de 50 años los niños, niñas y adolescentes seguíamos siendo
invisibles para la sociedad. Éramos un grupo que por su inocencia y esa
promesa latente de madurez al alcanzar la mayoría de edad –tal como los
ritos de iniciación en las culturas tribales- debíamos quedar al margen
de la discusión; en silencio y a la espera.

Durante
las últimas cinco décadas, muchas barreras sociales, culturales e
incluso científicas han debido derribarse para instaurar políticas que
permitiesen reconocer a los niños, niñas y adolescentes como sujetos de
derechos y no sólo como sujetos de protección. Gracias a este cambio de
paradigma, por ejemplo, hoy la exclusión escolar y el trabajo infantil
desregulado son alertas, pero no la norma. Del mismo modo, hemos
aceptado que cada niño y niña es un individuo con aspiraciones,
compromisos y necesidades propias, cuya participación en la sociedad
debe promoverse responsablemente desde temprana edad.

Pero
aún queda mucho por hacer. Las vulneraciones a las que ellas y ellos se
ven expuestos –que muchas veces son transgeneracionales– inciden con
mayor fuerza ante disparidades económicas y sociales. Tenemos desafíos
pendientes y necesidades que requieren atención continua en materia de
investigación y sanción de delitos sexuales, representación jurídica,
escolaridad y educación sexual, acceso a la salud mental, tratamiento de
adicciones, además de su presentación en los medios y la prensa.
Asimismo, no podemos descuidar como protegemos, respetamos y valoramos a
la niñez y adolescencia al interior de nuestras propias familias.

Así,
este trabajo mancomunado – que algunos llaman enfoque holístico o
intersectorial – es en realidad un deber social respecto al cual todos
podemos aportar; porque lo que logremos hoy, será sobre lo que ellos
construirán en el mañana.

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