Jorge
Salinas Paredes es nacido en Chiguayante; estudió en Concepción y
Santiago; se tituló en la Universidad de Chile como profesor de
Historia; ingresó al Ministerio de Relaciones Exteriores; se graduó, con
distinción máxima el año 2012 en la Academia Nacional de Estudios
Políticos y Estratégicos (Anepe) y ha desarrollado una extensa carrera
diplomática, tanto en Chile como en Estados Unidos, América Latina y en
diversos países del mundo, por ejemplo, Arabia Saudita, durante la
invasión a Irak y la Guerra del Golfo.
Es
un hombre multifacético que practicó basquetbol y atletismo, pero
también se dio tiempo para, como católico, apostólico y romano, para
concurrir a la Pastoral Hospitalaria para enfermos de cáncer, en el
Hospital José Joaquín Aguirre, en actividades juveniles en la Parroquia
San Crescente, en la comunidad de base “Resurrección”, y compartió
alimentos con personas en situación de calle.
Esas
experiencias al servicio de los demás, habrían de servirle durante su
gestión consular en Río Gallegos, entre marzo de 2013 y agosto de este
año.
Hoy,
en ceremonia en la Iglesia Catedral de Punta Arenas, y de manos del
obispo de Magallanes, Bernardo Bastres, recibirá el Premio Por la Paz
2017. Al momento de anunciar a Salinas se justificó su designación
señalando su entrega a los migrantes, tal como en la Gobernación de
Punta Arenas también lo hiciera Rolando Ritter Aros, ex jefe del
Departamento de Extranjería de esa repartición del gobierno interior de
Chile.
– Jorge, ¿qué sintió cuando la Iglesia magallánica le hizo saber que había sido distinguido con el Premio por la Paz 2017?
“En
un primer momento sorpresa. Luego alegría cuando el padre obispo, don
Bernardo Bastres, me lo comunicó personalmente. A medida que me
explicaba las razones que se tuvieron para otorgármelo pensaba en que
había mucha gente que ha trabajado de manera silenciosa en estos temas
tan relevantes como lo es la migración, la situación de los chilenos en
el exterior y en este caso la integración vecinal. Se me vinieron
imágenes de Río Gallegos, y de lo que habíamos hecho en todo este
período, acompañado de dos excelentes funcionarios de mi equipo como la
señora Nancy Douglas y don Juan Manuel Paredes, muy comprometidos con la
comunidad chilena. La primera puntarenense y el segundo natalino.
Reflexioné sobre mi permanente lema que es servir a los demás con el
alma y el corazón, que es superior al cumplir una orden o instrucción y
que al parecer nuestras obras trascendieron. Por cierto, agradezco a
Dios y como shoenstattiano a la Mater por este reconocimiento. Recordé
qué, también como inmigrante en Río Gallegos y más allá del cargo, mis
hermanos argentinos me acogieron con mucho cariño y siempre me hicieron
sentir uno más de ellos. Así lo percibí y lo vivo cada día,
especialmente en esta Navidad, y me incorporé a diversas actividades de
la comunidad, donde fui uno más. Finalmente lo consideré como un
reconocimiento y estímulo al trabajo silencioso y permanente que
efectúan todos los cónsules chilenos, pero especialmente quienes
trabajan y hemos trabajado en la Patagonia que tiene sus
singularidades”.
– ¿Esta distinción es comparable con otras que haya recibido a lo largo de su vida?
“He
recibido varias distinciones, pero esta es la más importante en mi
vida. Se trata de un Premio por la Paz, y eso lo dice todo. Luego qué
institución me la otorga: la Iglesia Católica encabezada por el padre
obispo y su comunidad puntarenense. Y, en tercer lugar, el por qué me la
otorgaron, qué fue lo que realicé. Siempre me he ocupado de ser un
servidor de los demás en el más amplio sentido, y eso va más allá de
cumplir una disposición y el deber. Es un lema de vida que heredé de mis
padres, ya fallecidos. Desde que me llevaban de la mano los veía cómo
servían a los demás y escuchaba sus conversaciones en la mesa familiar.
Hoy me siguen protegiendo desde el corazón. Siempre he valorado las
distinciones que vienen por decisión
directa de las personas y agrupaciones. Recuerdo que cuando hice clases
en el Instituto Pedagógico, en el Día del Profesor y fechas similares,
los alumnos me dejaban pegadas en la puerta de mi oficina dibujos y
saludos muy lindos, los que aún guardo con mucho cariño. A veces yo
aparecía caricaturizado, pero eran dibujos respetuosos, simpáticos y
hasta tiernos. Ya en el exterior, las comunidades de chilenos siempre me
hicieron distinciones, desde que estuve en el Consulado General en
Guayaquil tres meses hasta en Río Gallegos. Estos reconocimientos los
valoro mucho porque surgen del alma y corazón de las personas, sin
protocolos que cumplir. Son instantáneos y por eso nunca los olvido. En
mi despedida de Río Gallegos hubo diversas actividades en que parecía
que el corazón ya no resistiría: el Sindicato de Amas de Casa, las
Juntas Vecinales, las comunidades parroquiales que congregan a la
familia chilena-argentina; la Iglesia; las autoridades argentinas; los
medios de comunicación, quien fueron un enorme aporte a los logros que
nos propusimos cumplir. Jugaron un rol fundamental. Me ayudaron muchísimo en todas las ciudades”.
– ¿Cuál podría ser el mejor y el peor recuerdo de su gestión a lo largo de su desempeño diplomático?
“Casi
no tengo recuerdos ingratos. Pero estos mínimos casos son superados de
forma amplia por todos los hechos que he señalado. La actitud cariñosa y
generosa de la comunidad chilena
y de los amigos extranjeros. Son decenas y decenas de hechos sobre los
que podría hacer reseñas y que llegan a ser hasta conmovedores. Entre
estos, no son los mejores, porque son muy tristes, el haber ayudado a
los cónsules generales en Arequipa y en Lima a acompañar a los
familiares de las víctimas de dos accidentes aéreos en esas ciudades. Yo
no era Cónsul activo, porque trabajada en la embajada”.
– ¿Y en otras situaciones extremas?
“Estar
en Arabia Saudita para la Guerra del Golfo, donde era el segundo de la
embajada y cónsul, siendo evacuada mi esposa con nuestros dos hijos, uno
de dos años y el segundo de cinco meses hasta Ginebra y luego Santiago”.
– ¿Hubo temor?
“Temíamos
que como ocurrió en Irak, se lanzara gas mostaza. Hubo que ocuparse de
nuestra pequeña comunidad chilena en esa península. Recibimos en Riyad
siete misiles Scud, algunos de los cuales estremecieron mi casa. Cuando
sonaban las sirenas, debía encerrarme en un baño que no tenía ventanas,
sellar la puerta y ponerme un traje especial y usar una máscara. Me
moría de calor. En ese baño tenía guardada comida en tarro en caso
lanzaran gases mortales”.