Durante muchos años Chile pareció haber encontrado una fórmula que funcionaba. Crecíamos, disminuía la pobreza, aumentaba la inversión y las familias comenzaban a mirar el futuro con expectativas distintas a las de generaciones anteriores. Quizás nuestro mayor error fue pensar que aquello estaba garantizado. Confundimos una economía que había demostrado ser fuerte con una economía incapaz de debilitarse.
Las cifras actuales obligan a abandonar esa comodidad. El IMACEC de julio cayó 1,5% en doce meses y el Banco Central redujo significativamente su proyección de crecimiento para 2026. Al mismo tiempo, agosto registró una inflación mensual de 0,6%, llevando la variación anual del IPC a 4,1%. Tenemos entonces una combinación particularmente compleja: una economía prácticamente estancada que todavía enfrenta presiones sobre los precios. Pero sería demasiado sencillo responsabilizar únicamente a la coyuntura actual. El problema chileno viene gestándose desde hace bastante tiempo.
Durante los años noventa Chile alcanzó tasas de crecimiento que hoy parecen extraordinarias. El gobierno de Patricio Aylwin promedió alrededor de 7,4%; Eduardo Frei Ruiz-Tagle, 5,5%; y Ricardo Lagos, 4,8%. Hubo crisis internacionales, terremotos y períodos mejores y peores, pero durante décadas existió la convicción de que Chile avanzaba. Desde mediados de la década pasada, sin embargo, crecer alrededor del 2% comenzó peligrosamente a transformarse en normalidad.
No existe una única explicación. Nuestra productividad venía perdiendo dinamismo desde antes. A ello se sumaron sucesivamente reformas tributarias, mayores cargas regulatorias, incertidumbre institucional, retiros previsionales y modificaciones laborales. Cada una merece una discusión particular y sería intelectualmente incorrecto atribuirles el mismo efecto. El problema es acumulativo: cuando una economía comienza a perder potencia, resulta peligroso continuar agregándole peso a la mochila suponiendo que siempre podrá cargarlo.
También debemos preguntarnos si aprovechamos suficientemente los años de prosperidad para construir nuestro siguiente motor de desarrollo. Chile continúa dependiendo fuertemente de sus ventajas tradicionales y mantiene una vinculación todavía insuficiente entre universidades, investigación, innovación y actividad productiva. Crecer nuevamente exige inversión, productividad, certeza institucional, capital humano y capacidad para transformar conocimiento en producción. Sin embargo, detrás de todas estas cifras están las personas.
Una familia no experimenta directamente un IMACEC negativo ni una reducción del PIB potencial. Experimenta sus consecuencias cuando alguien busca empleo durante meses y no lo encuentra; cuando un joven obtiene un título y descubre que no existen suficientes oportunidades; cuando una empresa posterga una inversión o decide no contratar. Allí comienza algo todavía más peligroso que el bajo crecimiento: la pérdida de confianza en el futuro.
El crecimiento económico no es un fin en sí mismo. Importa porque permite crear empleo, financiar mejores políticas sociales y ampliar las oportunidades de las personas. Chile ya demostró que puede crecer. El desafío ahora no consiste en añorar los años noventa ni buscar culpables sencillos, sino en recuperar aquello que quizás dimos por garantizado: la capacidad de construir un futuro mejor que el presente.