Septiembre es reconocido por las comunidades cristianas como el Mes de la Biblia, una ocasión especialmente significativa para reflexionar sobre la influencia que este libro ha tenido en nuestra cultura, nuestra historia y en los valores de millones de personas.
Y precisamente durante este mes creo que corresponde recordar una deuda que Punta Arenas mantiene desde hace más de una década: la materialización de la Plaza de la Biblia.
Hace más de diez años se proyectó para nuestra ciudad la creación de un espacio público destinado a reconocer el valor histórico, cultural y espiritual que la Biblia representa para una parte importante de nuestra comunidad. Ha transcurrido más de una década y, pese a las expectativas que se generaron, las obras todavía no se han concretado.
No se trata simplemente de construir una plaza o instalar un monumento. Se trata también de cumplir un compromiso con una parte importante de nuestra comunidad y reconocer el aporte que las distintas iglesias y comunidades cristianas han realizado durante generaciones al desarrollo social de Punta Arenas y Magallanes.
En nuestra ciudad conocemos el trabajo silencioso que realizan diariamente muchas iglesias y organizaciones cristianas. Están presentes acompañando a familias que atraviesan momentos difíciles, ayudando a personas vulnerables, visitando enfermos, apoyando a adultos mayores, trabajando con jóvenes y desarrollando labores solidarias que muchas veces no reciben reconocimiento público.
La Plaza de la Biblia puede constituirse precisamente en un símbolo de ese aporte y, al mismo tiempo, en un espacio abierto a toda la comunidad.
Por eso, este Mes de la Biblia debería servir también para preguntarnos qué ocurrió con aquel proyecto y qué debemos hacer para finalmente concretarlo.
Las administraciones municipales cambian, los concejos se renuevan y aparecen nuevas prioridades, pero los compromisos asumidos con la comunidad no deberían desaparecer simplemente por el transcurso del tiempo.
Considero necesario retomar formalmente el proyecto, conocer con precisión su actual situación administrativa, técnica y presupuestaria y establecer una hoja de ruta que permita materializarlo. Si el diseño elaborado hace más de diez años necesita actualizarse, hagámoslo. Si existen dificultades técnicas, resolvámoslas. Y si es necesario conseguir nuevos recursos, trabajemos conjuntamente para obtenerlos.
Lo que no parece razonable es permitir que transcurran otros diez años sin una respuesta.
Tenemos, además, la oportunidad de concebir la Plaza de la Biblia con una mirada moderna: un espacio público con áreas verdes, iluminación, accesibilidad universal y lugares para el encuentro de las familias, integrado armónicamente al entorno urbano y abierto a todos los habitantes de Punta Arenas, independientemente de sus creencias.
Una ciudad plural no es aquella que desconoce sus tradiciones. Es aquella que sabe reconocerlas y respetarlas, permitiendo que las distintas expresiones culturales y espirituales que forman parte de su historia encuentren también un lugar dentro del espacio público.
Por eso, en septiembre, Mes de la Biblia, quiero renovar públicamente este compromiso y hacer un llamado a recuperar este proyecto.
Después de más de una década de espera, llegó el momento de pasar de las buenas intenciones a las obras.
Punta Arenas mantiene una deuda con su Plaza de la Biblia. Septiembre es una buena oportunidad para comenzar a saldarla.