Cargar sacos empapados de hasta 40 kilos sobre la espalda y caminar jornadas completas de 04:00 a 21:00 horas entre turberas y quebradas húmedas forman parte de la rutina invisible de los recolectores de nalca en la zona austral. Se trata de una labor artesanal que abastece cada temporada las esquinas de Punta Arenas, pero que exige internarse durante dos o tres días en sectores apartados como Bahía del Bote, en las cercanías del Lago Toro.
Uno de los protagonistas de esta tradición es José Mareau Contreras, quien aprendió las faenas a los nueve años en Coyhaique para apoyar a su familia. Radicado hace 47 años en Magallanes, suma casi cuatro décadas recorriendo las huellas del monte austral en busca de la planta.
“Es muy sacrificado. Uno se moja, anda transpirado, cansado, con hambre y con sed. Empezamos a las cuatro de la mañana y terminamos hasta las nueve de la noche”, relata el recolector respecto a las condiciones en terreno, donde además debe lidiar con las crecientes dificultades para ingresar a predios rurales donde crece el vegetal silvestre.
De la turbera a las veredas céntricas
La planta destaca en la gastronomía patagónica por su versatilidad: suele comerse fresca con sal, azúcar o miel, sumarse a ensaladas, prepararse al horno o cocinarse en almíbar, además de emplear sus hojas en curantos y sus raíces para fines medicinales tradicionales.
Pese a este arraigo cultural, la comercialización callejera enfrenta un panorama complejo. Los valores en la vía pública oscilan actualmente entre promociones de tres tallos por $1.000 y piezas de mayor tamaño que van desde los $4.000 hasta los $6.000, cifras que los vendedores han debido mantener congeladas o rebajar ante el menor poder adquisitivo de los transeúntes.
Frente a la escarcha y las largas horas de espera en la vía pública, Mareau sintetiza la motivación que mantiene activo este oficio tradicional: “Tenemos que luchar, luchar ahí para el día a día, para parar la olla”.