Dos fechas históricas y dos momentos. Con simbolismos, divisiones y repercusiones en la actualidad. El mes de septiembre contiene hitos y fracturas. El pasado cercano reaparece con reflexiones y lecciones para el presente. El debate requiere de distintas miradas ancladas a la libertad de expresión y sus exigencias de: tolerar y refutar. El debate no requiere granjas artificiales. Durante gran parte del siglo XX (1900-2000), las elecciones presidenciales se realizaron un 4 de septiembre. “Les digo que se vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada”. Esa noche el candidato popular obtuvo la primera mayoría relativa. Ese 4 de septiembre representa al expresidente Allende y a la Unidad Popular (UP). Esa segunda planificación global y socialista que quería cambiarlo todo por la vía institucional siendo minoría con empanadas y vino tinto. Era el cuarto intento del candidato Allende. La UP y su progresismo “postulaba un cambio revolucionario de la sociedad chilena”, según Gonzalo Vial. Un conglomerado marxista y sus contradicciones que agravaron las crisis existentes. Un cambio radical sustentando en un paradigma confrontacional, la lucha de clases y la superación del capitalismo. Una revolución fracasada y encerrada en un laberinto de promesas. La muñeca no fue suficiente.
El 4 de septiembre de 1970, la UP y su abanderado consiguieron un tercio electoral y un primer lugar relativo de acuerdo a las reglas constitucionales. Los candidatos Salvador Allende y Jorge Alessandri, en ausencia del mecanismo de segunda vuelta electoral, apostaron al Congreso Pleno como árbitros dirimentes que ungían al nuevo presidente de Chile. Hay voces que están tergiversando la historia. El candidato Allende no ganó ese día, no obtuvo la banda presidencial en septiembre. La ratificación es posterior, previo pacto de Garantías Constitucionales con la Democracia Cristiana, pero esa es otra historia. Tras 56 años, romantizar el pasado no asegura su comprensión
El rechazo del 4 de septiembre de 2022, es la otra cara de la moneda y un alivio. El plebiscito confirmó que la ciudadanía había despertado de la embriaguez ideológica, la rabia y las falsas promesas. La nueva constitución de Boric fue rechazada por los votos y la democracia. La propuesta conducía a un experimento intelectual y académico y era “saltar al vacío”, según Sergio Muñoz. El rechazo de septiembre detuvo de golpe las pulsiones y la agenda identitaria de una izquierda atada al pasado que olvida las necesidades reales del pueblo. Es que “no puedes ir más rápido que tu pueblo”. “Queremos cambios, profundizarlos” y “sabemos que los cambios no son de un día para el otro”, en palabras del expresidente Boric. La propuesta de la convención identitaria es reflejo de la revuelta iniciada en octubre y de la violencia callejera del 2019. El torbellino “mostró sin caretas a todas las fuerzas políticas, y dejó al descubierto que la deslealtad con la democracia puede extenderse rápidamente”, según Muñoz.
La primera convención representa la intransigencia e intolerancia, lo absoluto y excluyente. Los salones reflejaron el desprecio por el otro y las tradiciones republicanas.
El rechazo es un resultado rotundo y “una de las victorias más contundentes en toda la historia republicana de Chile”, en palabras de Alejandro San Francisco. Un rechazo amplio y ciudadano al proyecto apoyado por: Bachelet y Boric. La refundación afectaba las libertades y las bases de una sociedad libre. La convención sigue presente en el prontuario de parlamentarios y figuras del octubrismo. La lógica refundacional y la nostalgia por Allende conviven con las pasiones y pulsiones de una izquierda que levanta el puño. Septiembre une a los expresidentes Allende y a Boric, en victorias parciales y derrotas contundentes, pero no definitivas.