Durante esta semana, una noticia relacionada con educación llamó especialmente mi atención. Luego de escuchar a más de 5.700 directores de establecimientos educacionales del país, se dio a conocer una hoja de ruta que, entre otras materias, busca disminuir la carga administrativa y recuperar tiempo para aquello que constituye el propósito esencial de la educación: enseñar y generar mejores condiciones para el aprendizaje.
La situación invita a una reflexión que trasciende las aulas. ¿Cuántas veces las organizaciones terminan ocupando a las personas en demostrar que están haciendo su trabajo, en lugar de permitirles dedicar más tiempo a realizarlo?
Los procedimientos son necesarios. Los registros, informes, reuniones, plataformas, controles e indicadores permiten ordenar, respaldar y evaluar la gestión. El problema comienza cuando aquello que fue creado para apoyar el trabajo termina consumiendo una parte importante del tiempo disponible para hacerlo.
En educación esto adquiere un significado especial. Enseñar requiere preparar, observar, escuchar, retroalimentar y, especialmente, conocer a nuestros estudiantes. Del mismo modo, liderar una comunidad educativa necesita tiempo para acompañar a las personas, resolver las dificultades y construir proyectos. Cuando la urgencia ocupa permanentemente nuestra agenda, lo verdaderamente importante corre el riesgo de quedar esperando.
Pero esto no ocurre únicamente en educación.
En muchas organizaciones encontramos personas respondiendo correos mientras participan en reuniones, completando registros que quizás nadie volverá a revisar o destinando horas a tareas que alguna vez tuvieron un propósito, pero que con el tiempo se mantuvieron simplemente porque “siempre se ha hecho así”.
Gestionar también debería significar detenernos periódicamente y preguntarnos si nuestros procesos continúan aportando valor. Porque una organización eficiente no necesariamente es aquella que genera más controles, sino aquella capaz de distinguir cuáles realmente necesita.
Y quizás esta reflexión también pueda acompañarnos fuera del trabajo.
Vivimos rodeados de pendientes. Respondemos mensajes, cumplimos compromisos, organizamos agendas y corremos de una responsabilidad a otra. Podemos terminar el día habiendo realizado muchas cosas y, aun así, sentir que dejamos poco tiempo para conversar con quienes queremos, escuchar con atención, descansar, aprender o simplemente detenernos.
Tal vez el verdadero desafío no sea dejar de atender lo urgente, porque siempre existirán responsabilidades que requieren nuestra atención. El desafío consiste en evitar que lo urgente ocupe tanto espacio que terminemos olvidando aquello que verdaderamente da sentido a lo que hacemos.
De vez en cuando, tanto las organizaciones como las personas necesitamos detenernos y hacernos una pregunta sencilla: ¿cuánto de nuestro tiempo estamos dedicando realmente a lo que importa?
Porque estar permanentemente ocupados no siempre significa estar avanzando. Y quizás aprender a distinguir entre ambas cosas sea también una manera de cuidar nuestro trabajo, nuestro propósito y nuestra vida.