Hay fechas que un país no puede convertir en un día más.
Este 11 de septiembre se cumplieron 53 años del golpe de Estado y, por primera vez desde el retorno a la democracia, el Gobierno no realizará una conmemoración oficial en La Moneda. El Presidente José Kast decidió mantener su agenda habitual, argumentando que su gobierno está concentrado en mirar hacia adelante.
Pero mirar hacia adelante no significa olvidar hacia atrás. El 11 de septiembre no es una fecha de un sector político. Es una fecha que nos recuerda lo que ocurre cuando una democracia se quiebra y cuando el Estado deja de respetar los derechos fundamentales de sus ciudadanos.
Por eso me parece especialmente preocupante la señal que se está entregando.
Y más preocupantes aún me parecen las palabras del presidente de la Cámara de Diputadas y Diputados, Jorge Alessandri, quien sostuvo que los chilenos debíamos concentrarnos en las fechas importantes, mencionando el 18 y el 19 de septiembre, relegando el 11 de septiembre como si no fuera una fecha que mereciera nuestra atención y memoria.
¿De verdad podemos hablar de democracia sin recordar cómo la perdimos?
Durante años, incluso desde sectores de la derecha democrática, existió una comprensión distinta. El expresidente Sebastián Piñera habló de los llamados “cómplices pasivos” y reconoció la responsabilidad de quienes, pudiendo hacer algo, guardaron silencio frente a las violaciones a los derechos humanos.
Hoy parece que algunos quieren retroceder incluso en aquello que alguna vez fue capaz de reconocer una parte importante de la derecha chilena. Y eso es peligroso.
Porque mientras algunos hablan de cerrar heridas, todavía existen familias que esperan respuestas. El Estado reconoce 1.092 personas detenidas desaparecidas y, considerando el conjunto de víctimas de desaparición forzada cuyos cuerpos no fueron entregados, todavía hay 1.162 personas que no han podido ser encontradas, identificadas y restituidas a sus familias.
Detrás de cada número hay un padre, una madre, un hijo, una hija, un hermano, una familia que nunca pudo cerrar una historia.
Por eso también preocupa que desde sectores oficialistas se promueva la idea de otorgar beneficios o indultos a condenados por graves violaciones a los derechos humanos. El debate actual sobre la posibilidad de liberar a presos por razones de edad o salud ha vuelto a poner esta discusión sobre la mesa.
No podemos confundir reconciliación con impunidad. La reconciliación verdadera necesita verdad, justicia, memoria y garantías de no repetición. Conmemorar el 11 de septiembre no significa vivir atrapados en el pasado. Significa aprender del pasado para que nunca vuelva a ocurrir.
Por eso quienes creemos profundamente en la democracia tenemos una responsabilidad. No podemos guardar silencio cuando se intenta relativizar nuestra historia. No podemos aceptar que los derechos humanos dependan de quién gobierna. Y no podemos permitir que el “Nunca Más” termine convertido en una frase bonita repetida una vez al año.
El Nunca Más se construye todos los días.
Se construye defendiendo la democracia. Se construye respetando los derechos humanos. Se construye buscando a quienes todavía faltan. Se construye educando a las nuevas generaciones. Y se construye levantando la voz cada vez que alguien pretende normalizar aquello que nunca más debe volver a suceder.
Chile tiene una deuda con su memoria. Y mientras exista una familia esperando saber dónde está uno de los suyos, tenemos el deber de seguir recordando.
Porque hay fechas que no son de izquierda ni de derecha. Hay fechas que son de Chile.
Y el 11 de septiembre es una de ellas.