Kast y la diplomacia del vasallaje: Chile como provincia de la Doctrina Monroe

José Antonio Kast llegó a La Moneda prometiendo recuperar la soberanía. Seis meses después, su política exterior es el ejemplo más claro de cómo se puede traicionar esa promesa sin siquiera darse cuenta. Lo que se presenta como realismo occidental no es más que una subordinación voluntaria, casi entusiasta, a la agenda de Donald Trump. Chile está dejando de ser un actor con intereses propios para convertirse en un apéndice funcional de la renovada Doctrina Monroe. Y eso no es una exageración de la izquierda: es el balance frío de lo ocurrido.
La salida del Movimiento de Países No Alineados en agosto es el gesto más torpe y costoso. Después de 55 años, Cancillería liquidó de un plumazo un espacio que agrupaba a más de 120 países y más de la mitad de la población mundial con el argumento de que “pertenece a otro contexto”. Es una justificación de aficionado. Ese foro permitía contactos directos con potencias emergentes, contención de pretensiones bolivianas y presencia en debates donde Chile necesita votos. Abandonarlo mientras se busca apoyo para sedes internacionales y se depende comercialmente de China es una decisión ideológica disfrazada de modernidad. Es renunciar a herramientas de poder blando por el simple placer de agradar a Washington.
Más grave es el romance con el “Escudo de las Américas”. Kast corrió a Miami antes de asumir, posó con Trump y ha ido profundizando una cooperación en seguridad y minerales críticos que olvida un detalle elemental: China sigue siendo el principal destino de las exportaciones chilenas. Presentar a Estados Unidos como “socio estratégico preferente” mientras se mantiene esa dependencia es una contradicción peligrosa. Los acuerdos sobre litio, cobre y tierras raras pueden tener lógica de nearshoring, pero cuando se acompañan de un tono de adhesión casi automática a las prioridades estadounidenses —Venezuela, Irán, contención china— se deja de negociar y se empieza a obedecer. Chile no gana autonomía: la cede.
La gestión con Argentina confirma el patrón de improvisación. La afinidad con Milei es legítima en varios frentes, pero el episodio del Estrecho de Magallanes mostró debilidad. Mientras ministros hablaban de exigir la derogación del decreto argentino, el Presidente terminó bajando el perfil y confiando en tratados históricos. Resultado: una crisis artificial con el vecino más relevante, gestionada con gestos y comunicados tibios. La soberanía no se defiende con abrazos y fotos de motosierra. Se defiende con firmeza profesional. Aquí sobró ideología y faltó Estado.
El problema de fondo es cultural. Esta Cancillería parece creer que la política exterior consiste en elegir bando en la cultura war global. Se distancia de foros multilaterales tradicionales, se alinea sin matices con la ultraderecha internacional y celebra cualquier guiño de Trump como victoria. En el camino se erosiona la tradición diplomática chilena de pragmatismo, diversificación y autonomía relativa. Un país pequeño y abierto no puede permitirse el lujo de la subordinación voluntaria. Cuando la rivalidad entre Estados Unidos y China se endurezca —y se va a endurecer—, Chile pagará el precio de haber quemado puentes y de haber reducido su margen de maniobra.
Nada de esto niega el desastre heredado en seguridad y migración, ni justifica un regreso a las políticas de la izquierda que llevaron al país a la debilidad y al desorden. Kast sigue siendo preferible a cualquier alternativa progresista. Pero preferible no es sinónimo de competente. En geopolítica, su gobierno ha mostrado más afán de pertenencia que inteligencia estratégica. Ha convertido la afinidad ideológica en política de Estado y la soberanía en moneda de cambio.
El apoyo se mantiene mientras el rumbo interno no se incline hacia la izquierda: orden, control migratorio, rigor fiscal y rechazo al progresismo cultural. Pero ese apoyo no es un cheque en blanco para que Chile se transforme en el alumno aplicado de Washington. La soberanía no se defiende solo en la frontera norte. También se defiende cuando se decide con quién se alinea el país y a qué precio. Hasta ahora, Kast ha elegido el camino más fácil y el más caro: el del vasallaje voluntario.

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