La evidencia

No soy académico, y me costaría escribir en clave económica. Pero hay un pensamiento proveniente de la microeconomía que, con los años, me pareció interesante. La formuló en 1938 un joven Paul Samuelson —más tarde, el primer estadounidense en ganar el Nobel de Economía— y la llamó “preferencia revelada”: para saber qué valora de verdad una persona, no hay que preguntarle; hay que mirar lo que elige. Las preferencias se revelan en las decisiones, no en las declaraciones.
Hay una idea equivalente para el otro lado del mostrador. En 1973, Michael Spence —también Nobel— mostró que ciertas acciones comunican información precisamente porque son caras de imitar: una señal solo es creíble cuando fingirla cuesta. Y pocas cosas cuestan tanto como comprometer capital propio. El que invierte arriesga su capital. Por eso, quien arriesga lo suyo —un emprendedor grande o uno pequeño— entrega una información que ninguna palabra puede adulterar: piensa que en esa decisión hay futuro.
Dos reglas para leer hechos económicos: lo que la gente elige revela lo que valora, y lo que alguien arriesga revela lo que cree. Miremos entonces la Zona Franca con ese doble cristal, justo cuando se abre un proceso para pensar su futuro. Prefiero mirar ese proceso, como cualquiera que recién empieza, partiendo de hipótesis y no de veredictos —y toda hipótesis seria se contrasta con lo único que en economía no admite adornos: la evidencia.
Empecemos por la inversión. El recinto no ha sobrevivido por inercia: ha crecido, y su crecimiento se ha acelerado. Un solo dato lo resume: el 70% de toda la superficie sumada desde el inicio de esta concesión se concentra en el último quinquenio. La superficie ocupada total de terrenos se multiplicó 2,27 veces desde 2007, y su corazón comercial, el Módulo Central, multiplicó su superficie en 2,18 veces, en tres ampliaciones. Nada de esto es un discurso. Es la señal de la que hablaba Spence, hecha metros cuadrados: capital comprometido, imposible de fingir.
Sigamos por el consumo, y aquí manda Samuelson. Emprendedores de todo tamaño le dan vida al ecosistema y buscan un lugar en el recinto. Y la comunidad responde. Los magallánicos y los turistas cruzan las puertas mes a mes, millones de veces al año, con una constancia que ningún proyecto vacío estimularía. Es preferencia revelada en estado puro: nadie declara que valora la Zona Franca; simplemente la elige, una y otra vez.
Son millones de decisiones individuales, y detrás de ellas hay un criterio que vale la pena tomar en serio: los magallánicos saben bien dónde les conviene ir. Para muchas familias magallánicas, además, el recinto es más que un lugar de abastecimiento. Es paseo, es encuentro, es gastronomía y es cultura; parte del fin de semana en una región donde las opciones no sobran.
Detrás de esa vitalidad hay un modelo, y conviene ver cómo llegó aquí. Cuando el recinto lo administraban sus propios usuarios, hubo menos apertura, menos reinversión, menos competencia y un pago prácticamente nulo de la concesión. No es un reproche a nadie, sino un dato que vale la pena recordar.
El modelo actual cambió ese cuadro. Hoy hay acceso abierto con reglas objetivas, oferentes que compiten entre sí y una rivalidad creciente que ordena los precios y eleva la variedad y la calidad. La competencia interna no es un adorno: es su mejor resguardo para la comunidad.
Esto trasciende a la Zona Franca. Ya hay una instancia trabajando estas preguntas durante los próximos meses, y me parece una buena noticia: lo que se elige y lo que se arriesga son elementos que valen la pena tener presente en esa conversación.
Ojalá esa conversación sea propositiva y de largo plazo, orientada a construir. Si la Zona Franca está viva y en expansión, la pregunta que me interesa no es si funciona, sino cómo hacerla mejor: qué nuevos servicios puede alojar, cuánta más inversión y empleo puede atraer, a cuántas familias más puede sostener. Mirarla como política pública y plataforma de desarrollo es parte de esa conversación, que ya está en curso —y a la que esta columna solo quiere sumar. Porque una hipótesis se enuncia; los hechos se verifican. Eso es evidencia.

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