La memoria es frágil, pero en Chile también se vive obstinadamente en términos de blanco y negro. El país parece haber quedado atrapado en un bucle temporal, un letargo histórico que frena el avance y nubla sistemáticamente la lectura de nuestra realidad actual.
Quienes insisten en perpetuar la lógica de trincheras impiden que miremos las complejidades del presente con la lucidez necesaria. La transición democrática nos demostró, de golpe, que la verdad y la justicia postdictadura no resolvería el trauma social bajo un ideal perfecto. Nunca existió la posibilidad mágica de encontrar a todos los detenidos desaparecidos de forma inmediata, ni de conseguir una armonía social permanente de la noche a mañana. Al contrario, la realidad se impuso de manera brutal. Finalmente se hizo lo que se pudo, consolidando en el camino una fórmula que acabó como dogma, “la justicia en la medida de lo posible”.
Este pragmatismo nos entregó una verdad a medias, se establecieron pactos de silencio implícitos, con una tímida adquisición de responsabilidades institucionales, y con muchos políticos rasgando vestiduras. Mientras algunos sectores minoritarios hicieron un mea culpa real y doloroso, otros jamás lo hicieron, escudándose en el contexto o justificando lo injustificable. Hasta el día de hoy, la autocrítica profunda y honesta no es una virtud permanente de la clase política chilena. Por el contrario, en un bien escaso, uno dominado por la soberbia y la conveniencia electoral de corto plazo.
Así es como vivimos atrapados en una agobiante autorreferencia, queriendo revivir en las discusiones cotidianas, el mismo clima de descalificaciones que pavimentó el camino al quiebre institucional de la democracia. Es indudable que hoy no estamos en medio de la batalla campal que retrató magistralmente Patricio Guzmán en La batalla de Chile, el documental indispensable que nos enseña con crudeza de la caída de la democracia, ni presenciamos debates televisivos donde dirigentes de la Unidad Popular y defensores del bando contrario terminaban en agresiones físicas explícitas ante las cámaras.
Sin embargo, aunque las formas físicas han cambiado, sí estamos cayendo en un preocupante y denigrante clima de descalificaciones personales. El debate de ideas se ha vaciado de contenido técnico e intelectual para dar paso a la denostación cruzada. El espectáculo reciente de senadoras de la República haciendo política a la usanza antigua, recurriendo al grito, al insulto y a la provocación barata, nos demuestra que se tropieza una y otra vez con la misma piedra. Nos evidencia, sobre todo, que las transformaciones culturales de nuestra convivencia cívica se han hecho de forma superficial.
Han pasado más de cincuenta años de aquel quiebre. Para las nuevas generaciones, que conocemos este oscuro show como historia, las posturas teóricas están fijadas. Somos criticos, alejados del dogmatismo de los partidos históricos. Lo que nos llama profundamente la atención y nos alarma es que el país se empeña en apostar por la diferencia irreconciliable, por la discusión inconducente y el portazo automático a cualquier tipo de acuerdo que beneficie a las mayorías.
Esto es una contradicción flagrante y dolorosa, el mundo avanza a pasos agigantados, la tecnología y el acceso a la información están hoy en HD, en 4K y a todo color. No obstante, la mentalidad de la élite política chilena mantiene una preocupante y casi nostálgica añoranza por la polarización y el gris de la época de la Guerra Fría. ¿Acaso no hemos entendido, tras medio siglo, que en ese quiebre brutal no se logró nada benéfico para el pueblo?.
Esta mediocridad institucionalizada ha sido, desgraciadamente, la tónica permanente del desarrollo político, social y económico de nuestro país. La élite nacional prefiere seguir cayendo voluntariamente en esa vieja trampa ideológica porque le resulta cómoda para mantener sus cuotas de poder y sus privilegios intactos. Saben perfectamente que la ciudadanía, el chileno de a pie que madruga para trabajar y sufre las deficiencias del sistema público, no es el que toma las decisiones finales. El ciudadano común es un espectador forzado de esta disputa añeja, desprovisto de poder real, pero obligado sistemáticamente a pagar los platos rotos del estancamiento nacional.