Hablar de patria no debiera ser algo reservado únicamente para septiembre, para una ceremonia oficial o para las fechas que recordamos en el calendario. La patria se construye todos los días y, si queremos que las nuevas generaciones valoren nuestra historia, nuestras tradiciones y nuestra identidad, debemos comenzar a transmitirlas desde la infancia.
Un niño que conoce la historia del lugar donde nació y creció comprende mejor quién es. Cuando aprende nuestras canciones, reconoce nuestros símbolos, escucha las historias de quienes construyeron su comunidad y participa de nuestras tradiciones, comienza a desarrollar algo que ningún texto por sí solo puede imponer: sentido de pertenencia.
Esto adquiere una importancia todavía mayor en Magallanes. Vivimos en una región extraordinaria, distante de los grandes centros del país, con una identidad formada por generaciones de esfuerzo, sacrificio y encuentro entre distintas culturas. Aquí tenemos una historia que contar: la de nuestros pioneros y antiguos habitantes, la de los pueblos originarios, la de las familias chilotas, croatas y de tantos otros orígenes que hicieron de esta tierra su hogar; la de nuestros trabajadores, campesinos, pescadores, marinos, ganaderos y servidores públicos.
También tenemos una geografía y una historia que han contribuido a formar nuestra identidad nacional. El Estrecho de Magallanes, Tierra del Fuego, Puerto Williams y la presencia chilena en los territorios australes no pueden ser para nuestros niños solamente nombres que aparecen en un mapa. Deben conocerlos, comprenderlos y sentirse parte de ellos.
Por eso debemos fortalecer desde la educación inicial y escolar las actividades relacionadas con nuestra cultura patria. No se trata de transformar la educación en una sucesión de actos formales ni de imponer una determinada visión política. Se trata de algo mucho más profundo y transversal: enseñar a querer y respetar a Chile desde el conocimiento de su historia, su diversidad y sus tradiciones.
Necesitamos recuperar espacios donde los niños puedan aprender nuestro folclore, nuestros bailes y canciones, conocer la historia regional, visitar museos y lugares históricos, conversar con nuestros adultos mayores y comprender el significado de nuestros símbolos nacionales. Las escuelas, las familias, los municipios, las organizaciones culturales y las agrupaciones comunitarias pueden trabajar conjuntamente en esta tarea.
No podemos pedirle a una generación adulta que defienda aquello que nunca le enseñamos a conocer cuando era niña.
Cultivar la identidad patria tampoco significa cerrarnos al mundo. Todo lo contrario. Una persona que conoce sus raíces puede relacionarse con otras culturas con mayor seguridad y respeto. Podemos valorar la diversidad y, al mismo tiempo, sentir orgullo por nuestra historia y nuestras tradiciones.
En Magallanes sabemos especialmente lo que significa pertenecer. Las distancias, el clima y nuestra historia han creado una comunidad con un carácter particular, solidario y perseverante. Esa identidad constituye un patrimonio que debemos entregar a nuestros hijos y nietos.
Por eso creo que debemos asumir un compromiso: hacer de la cultura patria una experiencia permanente desde la infancia y no solamente una celebración durante el mes de septiembre.
Porque querer a Chile no consiste únicamente en izar una bandera. Significa conocer su historia, respetar a quienes nos precedieron, cuidar nuestra tierra, valorar nuestra comunidad y asumir que cada generación recibe un país que tiene la responsabilidad de entregar mejor a la siguiente.
Y esa tarea comienza, precisamente, con nuestros niños.