Cada tres años, la OCDE aplica PISA, el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, a jóvenes de 15 años. En su versión 2025 participaron más de 760.000 estudiantes de 91 países. Los resultados son preocupantes a nivel mundial. El desempeño promedio de los países de la OCDE alcanzó en 2025 sus niveles más bajos registrados en Lectura, Matemática y Ciencias.
En esta columna, me quiero centrar en los resultados en Lectura, pues es ésta la que parece estar más descendida, justamente cuando necesitamos lectores capaces de comprender información compleja, contrastar fuentes y pensar críticamente, en una era de sobreinformación y noticias falsas.
En Lectura, nuestro país retrocedió respecto de 2022 y también presenta una caída significativa respecto de 2015. La pregunta de fondo, más allá de la baja en los puntajes, es entender no solamente cuánto leen nuestros estudiantes, sino cómo están leyendo.
Al respecto, Carl Hendrick, académico británico especialista en ciencia cognitiva, ha llamado la atención sobre una transformación que debiéramos mirar con cuidado, en un fenómeno que el autor ha denominado “hasty readers”, los lectores apresurados. Son estudiantes que recorren rápidamente un texto, pero no necesariamente lo comprenden. La OCDE advierte que esta categoría prácticamente se duplicó entre 2018 y 2025. El informe vincula esta tendencia con cambios en los hábitos de lectura y con una menor lectura por placer.
La expresión resulta particularmente relevante y pertinente en una época en que buena parte de la información que reciben nuestros niños y adolescentes llega a través de publicaciones breves, videos, titulares, comentarios y desplazamientos interminables por las redes sociales. Estamos viviendo en una cultura que premia la velocidad, mientras que comprender exige profundidad.
Leer rápidamente no es necesariamente un problema. El problema aparece cuando la rapidez reemplaza a la comprensión. En efecto, leer un texto complejo supone detenerse, volver atrás, relacionar información, inferir, hacerse preguntas y tolerar momentos en que no entendemos inmediatamente. Son procesos que requieren algo que hoy parece cada vez más escaso, como lo es la atención sostenida.
En este sentido, PISA 2025 entrega una señal particularmente inquietante para Chile. El 48% de los estudiantes señala que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases, frente al 28% promedio de la OCDE. Además, el 43% afirma que el ruido y el desorden interrumpen la mayoría de las clases. En otras palabras, los propios estudiantes nos están diciendo algo dramático, y es que en nuestras salas de clases cuesta concentrarse.
Jonathan Haidt, en The Anxious Generation, ha descrito este cambio como el tránsito hacia una infancia y adolescencia cada vez más mediadas por el teléfono inteligente y las redes sociales. Su argumento no implica que la tecnología sea mala, pero alerta sobre el hecho de que hemos construido un entorno en el que notificaciones, videos breves, comparación social y desplazamiento infinito compiten permanentemente por nuestra atención.
Sabemos, por lo demás, desde la ciencia cognitiva, que aprender requiere atención, conocimiento previo, memoria y esfuerzo mental. No podemos comprender profundamente aquello a lo que prestamos una atención superficial. Tampoco podemos pensar críticamente sobre aquello que apenas conocemos.
Quizás ese sea uno de los mensajes más importantes de PISA 2025. No hay aprendizaje profundo sin lectura profunda, y no hay lectura profunda sin atención. Educar hoy implica, por tanto, en una tarea que debe ser compartida entre los colegios y las familias, recuperar la capacidad de nuestros estudiantes para detenerse, leer, escuchar, pensar y permanecer frente a una dificultad el tiempo suficiente para aprender de ella.